Eutanasia, otra forma de amar a tus peludos.

Qué difícil es despedirse de tus peluditos, pero más doloroso es verlos sufrir y saber que no hay nada más que hacer al respecto, excepto liberarlos del sufrimiento y darles, por fin, un poco de paz.

Morris, mi gatito naranja, fue el primer compañero peludo por quien tuvimos que tomar la decisión de eutanasia, fue un 9 de octubre, un día antes de mi cumpleaños. Pasó la noche anterior sufriendo, llorando de dolor, cansado y penas pudiendo moverse. Él tenía una bola del tamaño de una pelota de ping pong, en sus intestinos. No había nada más qué hacer, la decisión era muy clara, aunque no fácil.

A Morris le siguió su mamita, Bisha, también con problemas en sus intestinos, además ya tenía incontinencia, estaba sordita y sus párpados internos dejaron de funcionar, después de 14 años de amor. También sucedió con Peque, Nabito, Cascabel y Oni, cada uno en su momento.

Nunca será fácil esa decisión y jamás estarás completamente seguro de que fue el mejor camino, quizá por una leve esperanza que sigua viva en tu ser, quizá también un poco de egoísmo, que te hace querer estar un poco más con ellos.

Pero todo esto, tuvo origen en la primera experiencia cercana que tuve con la muerte, no fue la de ningún ser humano con quien compartiera algún lazo de sangre, pero, si con la partida de mi perro Junior. A sus 12 años, Junior enfermó, le era imposible mover sus patas traseras, ni siquiera recuerdo el diagnóstico, mucho menos el tratamiento, pero mi hermana y yo lo seguimos al pie de la letra.

Después de verlo en las mismas condiciones durante días, le preguntábamos al veterinario si veía a futuro un mejor diagnostico, a lo que él siempre respondía que sí, además, lo veía mejor y se pondría bien. Fueron alrededor de 30 días dolorosos, en los que nuestra fe ciega aseguraba que “ya se veía mejor”.

Un día de esos en que lo vimos con mejor ánimo, mi hermana, mi mamá y yo, salimos de compras por un par de horas. Ese perrito peluchón, amoroso y noble, no quiso vernos sufrir y cuando volvimos a casa, él ya se había ido.

Lloré como nunca en mi vida, le lloré días, semanas y meses. Era mi familia y no merecía terminar así.

Más tarde, nos enteramos de que el veterinario no quiso decirnos que no había remedio, para él porque “le dimos pena”. Sí, éramos dos chicas de 18 y 24 años, pero cualquiera de nosotras hubiera dado todo por no verlo sufrir. Al diablo “nuestros sentimientos” si lo mejor para Junior era dejarlo ir. ¿Por qué ese señor decidió cuidar de nuestros sentimientos y no del dolor del perrito más lindo que ha existido en el mundo?

Desde entonces buscamos segundas e incluso terceras opiniones y decidimos nunca más aferrarnos a las falsas esperanzas, llegar a las últimas consecuencias y tomar con responsabilidad nuestra labor como cuidadoras de nuestros caninos y felinos, como aprendizaje recuerda: ellos siempre son prioridad. Porque amar también es dejar ir.

Nota: En las más recientes reformas de la Ley de Bienestar Animal en CDMX, la eutanasia a los peludos quedo regulada en el artículo 10 Fracción II, el cual otorga la facultad a la Secretaría de Salud, de aplicar la eutanasia sólo en casos como enfermedades, males o lesiones que no puedan ser atendidas y que provoquen sufrimiento a los animalitos, por ejemplo, enfermedades incurables.

Por otro lado, como parte del código de ética de los médicos veterinarios graduados de la Universidad Autónoma de México (UNAM), la prioridad siempre debe ser el paciente, esto quiere decir no anteponer sentimientos o suposiciones del cuidador.